Adéu iàia...



Els seus ulls blau cel transmetien il·lusió. Estava emocionada com quan a un infant se li ha promès aquella joguina que tantes vegades ha demanat. El seu regal, el present que li feia el destí era tornar a veure el seu poble, aquell Moclinejo del qual havia hagut de marxar feia més de 60 anys per arribar a Catalunya a edificar un nou projecte de vida. La televisió d’Andalusia li faria fer el seu penúltim viatge a través d’una pantalla a metre i mig del seu sofà. Les hores prèvies, però, el seu cor bategava amb una força com no s’havia vist en les darreres dècades. Encara amb la taula posada recordava un per un els noms de les persones, oficis i adreces de tothom qui vivia al poble quan ella hi era. Imaginava poder reconèixer gent que feia tants anys que va deixar enrere, o als seus fills, o... La realitat va ser que va poder observar un indret que havia canviat molt. Que conservava l’església, la plaça i un parell de llocs reconeixibles, però res més que la transportés a un espai que en un moment de la seva vida ho havia estat tot.

Potser va ser a partir d’aquell dia quan va reafirmar-se en la seva voluntat de fer les maletes definitivament. La vida ja no podia oferir-li gaire més, més enllà de les visites de la gent que l’estimava, i el seu cap, d’acord amb el seu cos, va començar a marxar. Va omplir el farcell de records de tots aquells néts que havia cuidat quan eren petits i d’aquells besnéts que havia dormit a la falda no fa tant... Va empaquetar les seves expressions “es menester”, “habrase visto”, “una mijina”... Va guardar aquell ganxet amb què va fer jocs de taula, de llit, de tot el que es pugui imaginar... Va acomiadar-se de l’Esteban, de la Pantoja, de la Preisler, que tanta companyia li van fer durant hores i hores... Va celebrar no tornar a veure al seu plat un tros de carn, que ella sempre canviava per qualsevol altre menjar... Va fer un petó d’aquells de la iàia, amb tres o quatre repeticions a cada galta, va apagar la llum i se’n va anar...

Una pájara de 10...

El trayecto de Rocafort a Mura sirve para recuperar algo las piernas, pero no es suficiente. En la entrada del pueblo, un cartel que es un azote: "Terrassa 25". Intento ver la parte positiva: los últimos 15 son en bajada. Son "sólo" 10 los que faltan de sufrimiento. La barrita energética ya debería estar dando sus frutos en forma de energía, pero lo más preocupante es que casi no me queda agua. El bidón estaba previsto para unos 60 quilómetros, ya que con el frío se bebe menos, pero ha salido el sol y después de un "mínimo error" en la ruta, llego a este punto con más de 70 quilómetros en las piernas. Y queda Estenalles. Aunque antes hay que atravesar todo Mura, que me recibe con una espectacular rampa que no baja del 10%. De pie sobre los pedales la supero como puedo hasta que el porcentaje se estabiliza en un "cómodo" 6%. Quedan tres quilómetros hasta llegar al cruce donde me espera la carretera que lleva a la cima del puerto. Pongo todo el desarrollo y voy subiendo ágil, cansado, pero ágil. Intento respirar profusamente por la nariz, intentando hacer llegar el máximo de oxígeno a los músculos. No recordaba que estos tres mil metros fueran tan largos. Ya casi está, veo la carretera que cogeré en breve, esto está más cerca.

Alcanzo el cruce. KM 21. La cima está en el 15, o sea que quedan 6 y la memoria me recuerda que entre ellos hay por lo menos uno con porcentaje negativo. Se trata de ir ágil, que no agotarse excesivamente e ir recortando camino. Paso este primer tramo todo lo bien que puedo y, ahí, detrás de esa curva se intuye la zona de recuperación. Me dejo ir sin dar un solo pedal. Apuro la poca agua que ya me quedaba en el bidón, mientras saludo a un par de ciclistas que bajan en dirección contraria. El tramo cómodo se acaba. Ahí a lo lejos se ve otra indicación: KM 18. Sólo tres para coronar. Pero ahora sí que no hay descanso, y sé de manera segura que a partir del 17 la cosa se pone peor en cuanto a porcentaje. De momento todavía me queda un piñón por meter, gracias al impulso cogido en el último tramo. Pero las piernas no van. No tardo nada en poner todo el desarrollo. Se trata de ir haciendo, pero cada vez me encuentro peor. Las pulsaciones están estabilizadas en unas 150, y de momento la velocidad está entre los 10 y los 11 km/h. Recuerdo que afrontar Estenalles por esta vertiente siempre se me ha dado fatal en entrenamientos, cuando curiosamente se ma ha dado muy bien en las salidas con la peña. Entonces las velocidades raramente bajaban de 16km/h. Pero claro, tampoco venía del tute que me he dado hoy e iba mucho mejor alimentado.

Las piernas están vacías. El kilómetro se está haciendo larguísimo. La velocidad está bajando y ahora acompaso con mi cuerpo cada pedalada. "Dando chepazos", que escribía alguien en alguno de esos libros de ciclistas que leo últimamente. Ésto me recuerda al protagonista de "Alpe d'Huez", Jabato, en sus últimos kilómetros antes de coronar el coloso alpino. Su sufrimiento es ahora mi sufrimiento. Por fin. KM 17. Sólo 2. La velocidad ha bajado a 9km/h. En ocasiones a menos incluso. Este tramo, completamente recto, es duro mentalmente. No dejas de ver lo que tienes por delante, que no es nada alentador. Me doy cuenta que estoy haciendo alguna que otra "ese", que las piernas se mueven por inercia, no por fuerza. Cada metro es una tortura. Escucho algo. Es mi respiración. Entrecortada. No respiro, exhalo. La boca semiabierta. Recuerdo nuevamente a Jabato. Le imito en aquellos momentos de crisis. Bajo un piñon y me pongo de pie sobre los pedales. Apenas me da para hacer 20 metros en "modo bailón" y vuelvo a recalar sobre el sillín y a subir el piñón. Me doy cuenta que la literatura me la acaba de jugar. Ahora sí que voy realmente mal. Muy mal. Peor imposible. Y el quilómetro que no pasa. Me viene a la mente que quizá habría que hacer una parada. Jamás tuve ese pensamiento antes. O sí, en aquella rampa inhumana del Ratpenat, la del 23%, pero ni ahí cedí. Pero ahora es el inconsciente quien me recomienda que ponga el pie en el suelo. Recuerdo que llevo los cubre-calas en el bolsillo, así que si quisiera podría llegar andando hasta arriba... pero no. Me digo a mi mismo que si paro nada me garantiza que pueda seguir, ni en bici ni a pie.

La velocidad se ha estabilizado en los 7km/h. Los metros pasan muy lentamente. Necesito ver el número 16, saber que estoy dentro del último kilómetro. Ese, además, es algo más benévolo en cuanto a porcentaje. Conozco bien esta carretera. Si no fuera así no sé que pasaría. Ahí está: KM 16. Paso de la alegría a la cruda realidad. Esto se acaba, pero mi mente me sigue mandando señales de alarma. Nada va bien. Curva de herradura que paso como puedo, hundiendo la cabeza entre el manillar. Los ojos se me cierran. Me asusto. Pero ya no me voy a parar, seguro. Como mínimo antes de llegar a la cima. Tenia pensado no parar, ya que el resto del recorrido será bajada, pero ahora veo que es imprescindible que coja aire. Falso llano al 3% y última curva a la derecha. Aquí he esprintado en otras ocasiones. Hoy me conformo con seguir encima de la bicicleta. Últimos 200 metros. Me dejo ir. Cierro un segundo los ojos y veo que me cuesta abrirlos. Corono y paro al lado de la oficina del parque. Pregunto por una máquina de coca-cola. Necesito beber. No tienen, pero me ofrecen agua con azúcar. Bebo 4 bidones de un tirón. El mareo va pasando, aunque la flojera persiste. Lleno el bote una vez más y empiezo el descenso. Arriba dejo buena parte de mi pájara, aunque el resto me acompañará durante un par de días...

La Quebrantahuesos

Llevo días intentando realizar una crónica de lo que vivimos el fin de semana pasado en la Quebrantahuesos. He empezado de mil maneras diferentes. La primera que me vino a la cabeza era algo así como "si los árabes van a La Meca y los cristianos a Tierra Santa, un cicloturista tiene que ir a la Quebrantahuesos..." sí, demasiado mística. También intenté iniciarla haciendo énfasis en el factor metereológico, pues descubrí que tras cuatro meses más atento a la información del tiempo que a la deportiva, volvía a mirar al cielo sin ninguna preocupación, pues ya todo había pasado. Incluso pude haber "copiado" alguna de las cientos de crónicas que hemos leído en los últimos meses, de esas que empiezan con "el despertador sonó a las 5 de la mañana, desayunamos tostadas con un café y nos encaminamos al lugar de salida, que ya estaba lleno de ciclistas".

Supongo que todas las opciones hubiesen sido válidas y ninguna incierta, pero no me acabé de decantar por ninguna de ellas. En todas encontraba a faltar algo de las otras y la ocasión merecía no dejar nada en el tintero. Así que no entraré en detalles secundarios, como esa rueda delantera del coche que decidió pincharse a su paso por Monzón, donde comimos y paseamos por un polígono industrial que no sale en ninguna guía turística. O esa zona de aparcamiento en Sabiñánigo que sí que era zona, pero no de aparcamiento. O ese restaurante que no fue elegido pero sí acertado en el mismo centro de Jaca, donde nos quedamos la única mesa no reservada para degustar el preceptivo plato de pasta que todo aspirante a Quebrantahueso tiene que comer la noche antes de la prueba. O ese hotel que vio como por un día todos sus huéspedes se subían a la habitación a una compañera muy delgada y con ruedas.

No, la Quebrantahuesos merece otras lecturas. Como aquella que convierte por un día a toda persona ataviada con un casco y un culotte en hermana de todas aquellas que visten como ella. O aquella que te descubre que, todavía hoy, hay gente que dedica su tiempo altruístamente a hacer funcionar un evento que reúne a más de 11.000 personas más sus acompañantes. O aquella que te hace descubrir lo placentero que es sufrir, superarse, salir de esa zona de confort en la que vivimos el día a día. Entre todo ésto y entre mucho más transcurre una jornada que se convierte en inolvidable. Llena de nervios en el inicio, de adrenalina en las bajadas, de respiraciones toscas y pulsaciones altas en las subidas, de miradas de complicidad en los relevos, de satisfacción al avistar el último alto de la jornada, de temor al contemplar a un compañero atendido en una cuneta, de orgullo al ser animado camino de la meta, de tu meta.

Maillots de un sinfín de colores y diseños, nombres de clubes creados con más imaginación que muchos cuentos infantiles ("no subo ni p'atrás", "los tutes, pedalea o revienta"...), el asfalto convertido en un mercadillo inmenso de guantes, manguitos y bidones que han ido perdiendo sus propietarios, y también de envoltorios que no pudieron ser guardados hasta hallar una papelera en la llegada. Conversaciones en la llegada sobre porcentajes, desarrollos, tiempos, colas... bronceados selectivos, olores de los calentadores de principio de la mañana convertidos en aroma a sudor. Todo ello da forma a la Quebrantahuesos, que sí, no sería lo mismo sin las carreteras por las que transita, pero seguramente las carreteras tampoco serían lo mismo sin la Quebrantahuesos. Esa sensación que puede tener un aficionado al futbol de jugar en el campo de su equipo favorito, con las gradas animándole... esa es la sensación que se percibe desde encima del duro sillín. Porque sí, no cabe duda que el recorido puede hacerse el día que a uno más le apetezca, pero eso, estoy seguro, no es la Quebrantahuesos.

Pese a que llegar a lo alto del Somport siga siendo un hito que se hace eterno de alcanzar. Pese a que la masificación entre la que se asciende el Marie Blanque muchas veces no permita coger el ritmo regular que sus rampas sostenidas de más del 10% pedirían. Pese a que los casi 30 kilómetros del Portalet sean un desafío individual entre la montaña y tú. Una Quebrantahuesos que ha sido durante los ultimos 6 meses la razón de muchos madrugones, la de la desesperación al ver por enésima vez al cielo descargando agua, la de rodar y rodar buscando tener el máximo fondo posible para no morir en un intento que quizá no se vuelva a repetir. Una prueba que todavía hoy, una semana después me quita el sueño por encontrar imágenes, más crónicas, sensaciones vividas por más participantes, como quien no quiere cerrar todavía la puerta a un sueño del que ya debería haber despertado pero que me sigue arrullando en sus brazos. Todo ésto y mucho más es la Quebrantahuesos.